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Cristo Murió por Nuestros Pecados
Por Dave Hunt Junio 2004
En desesperación, el carcelero de Filipos clamó, “¿Qué puedo hacer para ser salvo?” La respuesta de Pablo fue simple: “Cree en el Señor Jesucristo y serás salvo” (Hechos 16:31). El gran apostol no dijo nada acerca del bautismo, o de los sacramentos, velas incienso, asistencia a la iglesia, estar reformando la vida de uno, o alguna otra cosa necesaria o de ayuda para la salvación. Desde Génesis hasta el Apocalipsis, la Biblia es clara, no hay nada que el pecador pueda hacer, menos todavía que deba hacer, para pagar la penalidad infinita requerida por la justicia de Dios. Uno solo necesita y debe creer en Cristo, quien pagó la penalidad en su totalidad, “¡consumado es!” (Juan 19:30).
Las Escrituras no pueden ser mas claras: “mas al que no obra, sino cree en aquel que justifica al impío, su fe le es contada por justicia (Rom. 4:5); “Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios…no por obras, para que nadie se gloríe (Efesios 2:8-9). Todo intento de hacer algo para la salvación de alguien, mas allá de creer “en el Señor Jesucristo” es negar que Cristo pago en su totalidad la penalidad por el pecado en la cruz y rechazar el ofrecimiento de Dios basado en el perdon y la vida eterna como un regalo ofrecido por Su gracia. Claramente, podemos ser salvos solo por fe en Cristo—¿pero qué significa exactamente esto? ¿En qué debe uno creer?
Supongamos que alguien dice ser “cristiano,” que cree en Cristo como una persona histórica, como el major de los hombres, quien admira y busca seguir el ejemplo desinteresado de Cristo, es efusivo acerca del sufrimiento de Cristo y muerte en la cruz, y normalmente asiste a la iglesia. Aunque él piensa que no interesa si Cristo nació de una virgen, o si Él es Dios quien vino como hombre para morir por el pago total de nuestros pecados en la cruz, o si el se levantó de los muertos. ¿Es tal persona salva? ¿Cree él realmente en el Señor Jesuscristo? o ¿cree y admira a “otro Jesús…otro espíritu…otro evangélio” (2 Cor. 11:3,4)? ¿Realmente interesa esto, o estamos simplemente “hilando fino”?
Pablo declara que “el evangelio de Cristo…es poder de Dios para salvación de todo aquel que en Él cree” (Rom. 1:16). Así que, creyendo “el evangelio de Cristo” proporciona salvación. ¿Pero es creer el evangélio la única manera de ser salvo—y de ser así, qué es el evangelio? Pedro declara, “Y en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos” (Hechos 4:12). Ninguna respuesta es dada a la pregunta, “¿cómo escaparemos nosotros, si descuidamos una salvación tan grande…“(Heb. 2:3)? No hay escapatoria, excepto en Cristo: “yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí” (Juan 14:6).
Y todavía, la Biblia, en ningún lugar, define el evangelio de Cristo totalmente. Si, el evangélio es “Que Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras; y que fue sepultado, y que resucitó al tercer día [de los muertos], conforme a las Escrituras” (1 Cor. 15:3-4). Pero esta declaración de Pablo no dice nada , por ejemplo, de Cristo nacido de una virgen, o de ser el Hijo de Dios.
El sentido común nos dice que la declaración de Pablo, “Cree en el Señor Jesucristo” (Hechos 16:31), no está diciendo meramente que creamos que una vez hubo un hombre llamado Jesús, el Cristo. Obviamente, debe haber mucha mas información de Jesús que no está incluida en ese pequeño pasaje, de la cual Pablo, ya le había explicado al carcelero de Filipo. Nadie puede “creer en el Señor Jesucristo” si tiene un falso entendimiento acerca de Él.
Cristo advirtió acerca de esto a un grupo de judíos, “yo me voy, y me buscaréis, pero en vuestro pecado moriréis; a donde yo voy, vosotros no podéis venir…porque sino creéis que yo soy, en vuestros pecados moriréis” (Juan 8:21,24). “Yo Soy” es el nombre que Dios le reveló a Moisés en la zarza ardiente (Ex. 3:14) y Cristo toma para si mismo: “Mi Padre y yo somos uno” (Juan 10:30). Isaías declara profeticamente que el Mesías nacería de una virgen, (Isa. 7:14) sería “Dios poderoso, Padre eterno (Isa. 9:6). El lenguaje de Cristo es preciso. Él no le dice a los judíos, “Antes de que Abraham fuese, yo fui.” Sino Él dice, “Antes de que Abraham fuese, yo soy (John 8:58). Él es auto-existente. Quien no tiene comienzo ni final, “el alfa y el omega” (Apoc. 1:8, 11; 21:6; 22:13).
Así que lo tenemos de los labios de Jesús mismo, que en orden de ser salvo, uno debe creer que Él es Dios venido del nacimiento de una virgen. Por supuesto esto tiene sentido. Nadie, excepto Dios puede ser nuestro Salvador. Repetidamente, Yahweh, el “Dios de Israel” (203 veces desde Exodo 5:1 hasta Lucas 1:68) está declarando que Él es el único Salvador (Isaías 43:11; Oseas 13:4, etc.). Así que, para ser salvo, uno debe creer que Cristo es Dios. Negar esto esencial es rechazar el evangelio que salva.
Creer que Jesús se levantó de los muertos es también esencial para la salvación: “que si confesares … y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo” (Rom. 10:9). Aunque hay pastores y profesores seminaristas que no creen en la deidad de Cristo ni en Su resurrección. Ellos enseñan “otro evangelio” el cual no salva—y millones parecen creer tal falsa enseñanza a cambio de la infalible Palabra de Dios. La desgracia, de tanto maestros como seguidores está sobre sus propias cabezas, porque ellos han rechazado la misma salvación que Cristo obtuvo en la cruz al morir por nuestros pecados.
Y aquí estamos frente a otro principio esencial del evangelio, uno debe creer para ser salvo: “que Cristo murió por nuestros pecados de acuerdo a las Escrituras” (1 Cor. 15:3). Su ser siendo azotado, abusado, golpeado, o maltratado por los hombres—o incluso crucificado, aunque en cumplimiento de las profecías—no podía pagar la penalidad por el pecado y no podía salvarnos. Cristo murió por nuestros pecados. “El alma que pecare, esa morirá” (Eze. 18:4, 20); “la paga del pecado es muerte” (Rom. 6:23). La salvación viene por la muerte de Cristo. La muerte es la penalidad por el pecado, y Cristo tuvo que pagar la penalidad del pecado en su totalidad por toda la humanidad. ¿En su totalidad? ¿No es la muerte simplemente la muerte? ¿Podría ser peor de lo que imaginamos? ¡Ciertamente, lo es!
Mientras estuvimos viendo brevemente el mes pasado la distinción entre el sufrimiento físico aplicado por los hombres y el sufrimiento en manos de un Dios santo en contra del pecado, este tema es de tal importancia, que debemos considerarlo en detalle. El pecado es un problema moral, spiritual, que involucra la ley de Dios y la rebelión del hombre contra Dios. Que el sufrimiento de Cristo por el pecado no fue solo físico, sino spiritual está claro: “cuando haya puesto su vida en expiación por el pecado…verá el fruto de la aflicción de su alma, y quedará satisfecho…por cuanto derramó su vida hasta la muerte” (Isa. 53:10-12); “cuánto más la sangre de Cristo, el cual mediante el Espíritu eterno se ofreció a sí mismo sin mancha a Dios” (Heb. 9:14). Un poco antes que Judas lo traicionara, Cristo “tomó el pan y dio gracias, y lo partió y les dio, diciendo: Esto es mi cuerpo, que por vosotros es dado; haced esto en memoria de mí. De igual manera, después que hubo cenado, tomó la copa, diciendo: Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre, que por vosotros se derrama…haced esto todas las veces que la bebiereis, en memoria de mí” (Lucas 22:19, 20; 1 Cor. 11: 24, 25).
La mayoría de los cristianos toman periódicamente el pan y la copa como Cristo ordenó. Las iglesias católicas romanas y ortodoxas enseñan que el pan y la copa presentadas en sus altars son literalmente el cuerpo y la sangre de Cristo, y que Él está sufriendo constantemente por el pecado. La Biblia declara que Cristo: “se presentó una vez para siempre por el sacrificio de sí mismo…ha…aparecido para quitar de en medio el pecado por el sacrificio de si mismo…ofrecido una sola vez para llevar los pecados de muchos…habiendo ofrecido una vez para siempre un solo sacrificio por los pecados, se ha sentado a la diestra de Dios…porque con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados…no hay más ofrenda por el pecado (Heb. 9:26, 28; 10:12, 14, 18); “Porque también Cristo padeció una sola vez por los pecados” (1 Pedro 3:18).
Si Cristo, como dice Pedro, “se fue al cielo,” donde Esteban lo vio cuando era apedreado a muerte (Hechos 7:55, 56), ¿cómo puede ser Él ofrecido constantemente (inmolado) en los altares católicos romanos? ¿Y de los católicos que realmente aman a Cristo, creen que Él murió por sus pecados, pero han creído la doctrina de la oblea que se transforma en el cuerpo y sangre de Cristo y continua siendo ofrecida? ¿Pueden ellos ser salvos a pesar de tal ignorancia o mal entendido? ¿Cuales son los limites de error que pueden ser sostenidos dentro del evangelio, y tiene esto importancia? ¿Interesaría si ellos creyeran que Cristo murió por sus pecados, aunque participen en el “sacrificio de la Misa,” pensando que debe todavía ser ofrecido por nuestros pecados y que ellos lo están ingiriendo en sus estomagos cuando toman la oblea y el vaso? ¿Si, las escrituras dicen que Cristo “sufrió una vez” por nuestros pecados—aunque no es un error tan serio creer que Él continúa siendo ofrecido? ¡Si, si lo es!
El ofrecimiento de Cristo mismo al Padre por el pecado tomo lugar en la cruz: “quien llevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero” (1 Pedro 2:24). Así que, nuevamente, no fue por el ser azotado que Cristo cargo con nuestros pecados. Él enfrentó algo mucho peor que el sufrimiento físico. En el Jardín, en la espantosa anticipación de aquel horror, “y era su sudor como grandes gotas de sangre que caían hasta la tierra” (Lucas 22:44).
Cuando tomamos el pan y la copa como Cristo ordenó, no lo hacemos para recibir perdón de pecados (como los católicos y ortodoxos piensan), ni para nutrir nuestra alma (como Lutero y Calvino enseñaron), sino en agradecimiento, en memoria de Cristo por el sacrificio de Él mismo en la cruz. Es tan facil pensar que en la parcipación física de comer y beber hemos cumplido nuestra “tarea” con el Señor, una vez mas, en conmemoración de Su sufrimiento físico—y fallando de tomar el tiempo adecuado para meditar sobre lo que Él espiritualmente “padeció una sola vez por los pecados, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios” (1 Pedro 3:18).
Y aquí otra vez vemos la importancia vital de distinguir entre el sufrimiento físico que nuestro Salvador sobrellevó en manos de los hombres, y el castigo que sobrellevó de Dios: “…Con todo eso, Jehová quiso quebrantarlo, sujetándole a padecimiento” (Isa. 53:10).
Como hemos notado el mes pasado, sería absurdo pensar que rebeldes pecadores contra Dios fueran Sus siervos en ejecutar Su justicia en Cristo ¿Cómo ellos podían saber que fuerte debían golpearlo y cuantos azotes darle? ¿Y cómo podría el sufrimiento físico pagar el precio spiritual de eternal separación de Dios que el pecado merece? Cristo dijo, “Yo pongo mi vida…ningún hombre me la quita” (Juan 10:17, 18). Así que los soldados no podían y no pudieron matarlo, Sino que Cristo murió por nuestros pecados—así que, otra vez, lo que los soldados hicieron no podría haber pagado por nuestros pecados.
“Cristo murió por nuestros pecados de acuerdo a las escrituras.” Nosotros tenemos la tendencia de pensar en la muerte física, pero ciertamente es mucho mas que eso. Muerte es primeramente, separación spiritual de Dios—lo cual finalmente causa la separación del alma y espíritu del cuerpo en la muerte física. Adán fue advertido, “mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás; porque el día que de él comieres, ciertamente morirás” (Gen. 2:17). Él no murió fisicamente ese mismo día, sino 1.000 años mas tarde. Por consiguiente, Adán y Eva deben haber muerto espiritualmente ese mismo día. De repente notaron que eran extraños en el Jardín del Edén, separados de Dios por sus pecados, y trataron de esconderse de Él entre los árboles (Gen. 3:8)—muertos para Dios en sus espíritus.
Todos los descendientes de Adán y Eva heredaron muerte spiritual. Nosotros hemos nacido “muertos en vuestros delitos y pecados” (Efesios 2:1). La muerte física comienza su proceso con Adán y Eva el mismo día que ellos pecaron. Nosotros nacimos pecadores. Consecuentemente, nuestros cuerpos comienzan a morir en el momento que nacemos—una realidad que la ciencia médica no puede explicar.
Ninguna persona (excepto Cristo) ha experimentado todavía el máximo horror de la muerte en su plenitud. Esto ocurrirrá despues del juicio final, “Y la muerte y el Hades .. y el que no se halló inscrito en el libro de la vida… fue lanzado al lago de fuego. Esta es la muerte Segunda (Apoc. 20:14, 14). Cristo se hizo hombre para que Él así, “por la gracia de Dios gustase la muerte por todos (Heb 2:9). Por consiguiente, Su muerte en la cruz, tenía que incluir la “segunda muerte.” ¡Así que, Cristo soportó en la cruz el sufrimiento eterno que toda la humanidad encara en el lago de fuego! Esto solo puede haber sucedido en manos de Dios, no en manos del hombre.
“La paga del pecado es muerte” (Rom. 6:23)—no simplemente la separación física temporal de alma y espíritu del cuerpo, sino separación eterna de Dios. Entonces, en el sufrimiento por el pecado, Cristo debe haber experimentado el horror de la eterna separación de Dios debida a toda la humanidad. No nos sorprenda que Él halla aclamado en su agonía, “¡¿Mi Dios, mi Dios, por qué me has abandonado?!” (Salmo 22:1; Mateo 27:45; Marcos 15:34). No hay sufrimiento, especialmente en manos de hombres pecadores, que pudieran corresponder legalmente a esa horrenda penalidad. El pecado es un problema moral, spiritual que involucra la ley de Dios y la rebellion del hombre en contra de Dios. El castigo y la solución de ambas solo puede ser spiritual.
La Iglesia Católica Romana enseña que ademas del sufrimiento de Cristo por la penalidad eterna, nosotros debemos sufrir el castigo “temporal’ por nuestros pecados, ya sea en esta vida o en el purgatorio—solamente algunos católicos esperan escaparse de esto ultimo. Supuestamente, las llamas del purgatorio son la manera de purgar nuestros pecados. Aquí, otra vez, tenemos la confusión entre el sufrimiento físico y spiritual, negando la obra consumada de Cristo por nuestra redención, y el intentar ganar con nuestra parte la salvación. La Escritura inequivocadamente declara: “[Cristo] nos limpió de nuestros pecado con su sangre [entonces] se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas” (Heb. 1:3); “sin el derramamiento de sangre no se hace remission [de pecados] (Heb. 9:22); [Cristo] nos lavó de nuestros pecados con su sangre” (Apoc. 1:5).
El reconocer lo que Cristo sufrió por nuestros pecados, fue mas allá de cualquier sufrimiento físico, esto debería incrementar nuestra gratitude hacia Él. Cuando mas aumente nuestro entendimiento, mayor será nuestra apreciación por lo que Cristo sufrió en nuestro lugar. Quiera el Señor despertar en nuestros corazones un desbordante rio de alabanza y gratitud para que continuamente expresemos nuestro amor al Padre por dar a Su Hijo, y a Cristo por soportar el pecado que nosotros merecemos por nuestros pecados. TBC
“CRISTO MURIÓ POR NUESTROS PECADOS”
Título en inglés: “Christ Die For Our Sins” © Periódico Editado en junio 2004 por Dave Hunt Publicación: “The Berean Call” P.O. Box 7019, Bend, Oregon 97708-7019, Estados Unidos “[Los Bereanos]…escudriñando cada día las Escrituras para ver si estas cosas eran así.” Hechos 17:11
Traducción: Albert Gomez © Permiso de traducción por el Departamento Editorial TBC, Abril 2003. Para más información dirigirse por correo: Albert Gomez, 309-37th Street, Union City, New Jersey 07087 - USA. Fax: 201-864-1104, Correo Electrónico: agomez1@mindspring.com
A menos que se indique de otra manera, las citas de las Escrituras en este periódico se han tomado de la Biblia Reina Valera, revisión de 1960.
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